VENEZUELA Y SU VERDUGO, LA OEA

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La fractura constitucional en Venezuela por las actuaciones del gobierno de Nicolás Maduro no se dio cuando el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) emitió dos sentencias en las que se les quitaba la inmunidad a los diputados y se usurpaban sus funciones. Se viene dando desde hace muchos meses, y eso pareció entenderlo el Consejo Permanente de la OEA en una accidentada sesión el lunes, en la que se activó la Carta Democrática.

El secretario general de la OEA, el uruguayo Luis Almagro, parecía clamar en el desierto desde hace tiempo por una acción decidida ante el quebrantamiento institucional que sufre el vecino país. Pero fue la torpeza del TSJ la que con esas dos sentencias terminó graduando a Maduro de dictador y abriendo el camino a la acción de los mecanismos contemplados en dicha carta.

Mucho peor aún e ilustrativa de la inexistente independencia de ese cuerpo fue la alocución de comedia de Maduro, al filo del amanecer del sábado, en la que ordenó a la Corte revisar las sentencias, luego de que la fiscal Luisa Ortega, una chavista de racamandaca, condenó las sentencias por anticonstitucionales.

¿Será esperar demasiado de Maduro? Un pueblo tan querido y valeroso no tiene por qué soportar tanta vergüenza, tanta indignidad.

Por esto debe quedar claro que la reversa del ‘Madurazo’, como se acuñó en los medios de comunicación el episodio, no es tal ni soluciona la crisis de fondo, por cuanto sigue vigente la declaración de desacato sobre la Asamblea, un poder que sigue condenado a la anulación de sus decisiones y conminado al ostracismo por un TSJ de bolsillo de Miraflores. No debemos perder de vista que este parlamento, de mayoría opositora, fue elegido en franca lid democrática por el voto de los venezolanos en diciembre del 2015.

De hecho, las autoridades policiales, a golpes de porras y lanzando gases lacrimógenos, evitaron este martes que se llevara a cabo una sesión en la que se pretendía debatir la revocatoria de los magistrados del TSJ.

Palabras aparte merece la actitud de la diplomacia colombiana en los dos recientes episodios que pusieron a prueba su talante. Cuando unos 60 soldados venezolanos violaron nuestra frontera en Arauca, la serenidad, pero también la firmeza del presidente Juan Manuel Santos consiguieron que los militares arriaran la bandera y regresaran a su país, sin provocar un incidente internacional ni caer en la clara incitación de Caracas, que con un argumento de risa pretendía cambiar la frontera.
Y el lunes, en el debate en el Consejo Permanente, el embajador Andrés González respondió con altura y firmeza a los injustificados ataques del representante venezolano, quien, poco diplomático, quería poner a Colombia de chivo expiatorio de los desaciertos y exabruptos del gobierno chavista.

Es mucho lo que Caracas puede hacer: abrir la vía electoral, liberar a los presos políticos, devolver todas las facultades al Legislativo, crear las condiciones para un diálogo sincero, constructivo y eficaz con la oposición, reconocer su responsabilidad en la crisis social y empezar a pensar en la transición. De lo contrario, sus ciudadanos seguirán buscando comida en la basura, dejando ir la vida en eternas colas por alimentos y huyendo del país. ¿Será esperar demasiado de Maduro? Un pueblo tan querido y valeroso no tiene por qué soportar tanta vergüenza, tanta indignidad.

[Vía: El Tiempo]

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